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septiembre 11, 2016

TABAQUERÍA

Heterónimos de Fernando Pessoa.
Mural de la Facultad de Letras, Universidade Clássica de Lisboa.

No soy nada.
Nunca voy a ser nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supieran quién es, ¿qué sabrían?).
Dan al misterio de una calle que la gente cruza constantemente, 
una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real; cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los seres,
con la muerte, que pone humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres.
Con el Destino, que conduce la carroza de todo por la calle de nada.

Hoy estoy vencido como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido como si me fuera morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, como si esta casa y este lado de la calle
se volvieran la hilera de vagones de un tren, y una partida que silba en mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al partir.

Hoy estoy perplejo como quien pensó y creyó y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo 
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no tuve ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron,
me escapé por la ventana de atrás.
Fui al campo con grandes proyectos.
Pero allá no encontré nada más que yuyos y árboles,
y cuando había gente, era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué puedo pensar?

Qué sé yo lo que seré, ¿yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo, que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros sueñan que son genios como yo,
y la historia no va a registrar, ¿quién sabe?, ni a uno,
no va a quedar más que estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos de remate con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántos altillos y no-altillos del mundo
no habrá a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas 
—Sí, de veras altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
nunca van a ver la luz del sol real ni a encontrar los oídos de la gente?
El mundo es para el que nace para conquistarlo
y no para el que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
Soñé más de lo que Napoleón hizo.
Apreté contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
pensé en secreto filosofías que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez voy a ser siempre, el del altillo,
aunque no viva en uno;
voy a ser siempre el que no nació para eso;
voy a ser siempre el que tenía cualidades;
voy a ser siempre el que esperó a que le abriesen la puerta delante de una pared sin puerta,
y cantó el canto del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que la Naturaleza derrame sobre mi cabeza febril
su sol, su lluvia, el viento que encuentre mi pelo,
y el resto que venga si viene o si tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la Tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Comé chocolates, nena,
comé chocolates!
Mirá que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mirá que todas las religiones no enseñan más que la bombonería.
¡Comé, chiquita sucia, comé!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con la que comés vos!
Pero pienso, y al tirar el papel plateado, que es de hoja de estaño,
tiro todo al suelo, como tiré la vida).

Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca voy a ser
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico roto a lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con el que tiro
la ropa sucia que soy, el papel, al transcurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
diosa griega, concebida como estatua viviente
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana,
o célebre cocotte del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno —no me imagino bien qué—,
todo eso, sea lo que fuere, que sea ¡si puede inspirar, que inspire!

Mi corazón es un balde volcado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo los negocios, veo las veredas, veo los autos que pasan,
veo a los seres vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo).

Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie solo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca viviste ni estudiaste ni amaste, ni creíste
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al que le cortaron la cola
y que es cola más acá del lagarto, empecinadamente.

Hice de mí lo que no supe, 
y lo que podía hacer de mí, no lo hice.
El traje que me puse era el equivocado.
Me confundieron enseguida con quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía llevar el disfraz que no me había quitado.
Tiré la máscara y dormí en el vestíbulo
como un perro al que la administración tolera
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá me encontrara como cosa que hiciese,
y no quedara siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de existir,
como un tapete con el que tropieza un borracho
o un felpudo que robaron los gitanos y que no valía nada.
Pero el dueño de la Tabaquería salió a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal volteada
y con la incomodidad del alma que entiende mal.
Él se va a morir y yo me voy a morir.
Él va a dejar el cartel, yo voy a dejar los versos.
En algún momento también va a morir el cartel, y los versos.
Después va a morir la calle donde estaba el cartel,
y el idioma en el que se escribieron los versos.
Y morirá el planeta giratorio en el que todo esto pasó
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como carteles,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?)
y la realidad plausible de repente me cae encima.
Me levanto enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo pensando en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la libertad de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de estar descompuesto.

Después me echo hacia atrás en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, voy a seguir fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz).
Visto esto, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio 
en el bolsillo de los pantalones?)
Ah, lo conozco, es Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería salió a la puerta).
Como por un instinto divino, Esteves se dio vuelta
y me vio.
Me saludó con un gesto, y yo le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.




Versión en castellano de Sandra Toro.



TABACARIA

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.

Janelas do meu quarto,
Do meu quarto de um dos milhões do mundo que ninguém sabe quem é
(E se soubessem quem é, o que saberiam?),
Dais para o mistério de uma rua cruzada constantemente por gente,
Para uma rua inacessível a todos os pensamentos,
Real, impossivelmente real, certa, desconhecidamente certa,
Com o mistério das coisas por baixo das pedras e dos seres,
Com a morte a por umidade nas paredes e cabelos brancos nos homens,
Com o Destino a conduzir a carroça de tudo pela estrada de nada.

Estou hoje vencido, como se soubesse a verdade.
Estou hoje lúcido, como se estivesse para morrer,
E não tivesse mais irmandade com as coisas
Senão uma despedida, tornando-se esta casa e este lado da rua
A fileira de carruagens de um comboio, e uma partida apitada
De dentro da minha cabeça,
E uma sacudidela dos meus nervos e um ranger de ossos na ida.

Estou hoje perplexo, como quem pensou e achou e esqueceu.
Estou hoje dividido entre a lealdade que devo
À Tabacaria do outro lado da rua, como coisa real por fora,
E à sensação de que tudo é sonho, como coisa real por dentro.

Falhei em tudo.
Como não fiz propósito nenhum, talvez tudo fosse nada.
A aprendizagem que me deram,
Desci dela pela janela das traseiras da casa.
Fui até ao campo com grandes propósitos.
Mas lá encontrei só ervas e árvores,
E quando havia gente era igual à outra.
Saio da janela, sento-me numa cadeira. Em que hei de pensar?

Que sei eu do que serei, eu que não sei o que sou?
Ser o que penso? Mas penso tanta coisa!
E há tantos que pensam ser a mesma coisa que não pode haver tantos!
Gênio? Neste momento
Cem mil cérebros se concebem em sonho gênios como eu,
E a história não marcará, quem sabe?, nem um,
Nem haverá senão estrume de tantas conquistas futuras.
Não, não creio em mim.
Em todos os manicômios há doidos malucos com tantas certezas!
Eu, que não tenho nenhuma certeza, sou mais certo ou menos certo?
Não, nem em mim...
Em quantas mansardas e não-mansardas do mundo
Não estão nesta hora gênios-para-si-mesmos sonhando?
Quantas aspirações altas e nobres e lúcidas -
Sim, verdadeiramente altas e nobres e lúcidas -,
E quem sabe se realizáveis,
Nunca verão a luz do sol real nem acharão ouvidos de gente?
O mundo é para quem nasce para o conquistar
E não para quem sonha que pode conquistá-lo, ainda que tenha razão.
Tenho sonhado mais que o que Napoleão fez.
Tenho apertado ao peito hipotético mais humanidades do que Cristo,
Tenho feito filosofias em segredo que nenhum Kant escreveu.
Mas sou, e talvez serei sempre, o da mansarda,
Ainda que não more nela;
Serei sempre o que não nasceu para isso;
Serei sempre só o que tinha qualidades;
Serei sempre o que esperou que lhe abrissem a porta ao pé de uma parede sem porta,

E cantou a cantiga do Infinito numa capoeira,
E ouviu a voz de Deus num poço tapado.
Crer em mim? Não, nem em nada.
Derrame-me a Natureza sobre a cabeça ardente
O seu sol, a sua chava, o vento que me acha o cabelo,
E o resto que venha se vier, ou tiver que vir, ou não venha.
Escravos cardíacos das estrelas,
Conquistamos todo o mundo antes de nos levantar da cama;
Mas acordamos e ele é opaco,
Levantamo-nos e ele é alheio,
Saímos de casa e ele é a terra inteira,
Mais o sistema solar e a Via Láctea e o Indefinido.

(Come chocolates, pequena;
Come chocolates!
Olha que não há mais metafísica no mundo senão chocolates.
Olha que as religiões todas não ensinam mais que a confeitaria.
Come, pequena suja, come!
Pudesse eu comer chocolates com a mesma verdade com que comes!
Mas eu penso e, ao tirar o papel de prata, que é de folha de estanho,
Deito tudo para o chão, como tenho deitado a vida.)

Mas ao menos fica da amargura do que nunca serei
A caligrafia rápida destes versos,
Pórtico partido para o Impossível.
Mas ao menos consagro a mim mesmo um desprezo sem lágrimas,
Nobre ao menos no gesto largo com que atiro
A roupa suja que sou, em rol, pra o decurso das coisas,
E fico em casa sem camisa.

(Tu que consolas, que não existes e por isso consolas,
Ou deusa grega, concebida como estátua que fosse viva,
Ou patrícia romana, impossivelmente nobre e nefasta,
Ou princesa de trovadores, gentilíssima e colorida,
Ou marquesa do século dezoito, decotada e longínqua,
Ou cocote célebre do tempo dos nossos pais,
Ou não sei quê moderno - não concebo bem o quê -
Tudo isso, seja o que for, que sejas, se pode inspirar que inspire!
Meu coração é um balde despejado.
Como os que invocam espíritos invocam espíritos invoco
A mim mesmo e não encontro nada.
Chego à janela e vejo a rua com uma nitidez absoluta.
Vejo as lojas, vejo os passeios, vejo os carros que passam,
Vejo os entes vivos vestidos que se cruzam,
Vejo os cães que também existem,
E tudo isto me pesa como uma condenação ao degredo,
E tudo isto é estrangeiro, como tudo.)

Vivi, estudei, amei e até cri,
E hoje não há mendigo que eu não inveje só por não ser eu.
Olho a cada um os andrajos e as chagas e a mentira,
E penso: talvez nunca vivesses nem estudasses nem amasses nem cresses
(Porque é possível fazer a realidade de tudo isso sem fazer nada disso);
Talvez tenhas existido apenas, como um lagarto a quem cortam o rabo
E que é rabo para aquém do lagarto remexidamente

Fiz de mim o que não soube
E o que podia fazer de mim não o fiz.
O dominó que vesti era errado.
Conheceram-me logo por quem não era e não desmenti, e perdi-me.
Quando quis tirar a máscara,
Estava pegada à cara.
Quando a tirei e me vi ao espelho,
Já tinha envelhecido.
Estava bêbado, já não sabia vestir o dominó que não tinha tirado.
Deitei fora a máscara e dormi no vestiário
Como um cão tolerado pela gerência
Por ser inofensivo
E vou escrever esta história para provar que sou sublime.

Essência musical dos meus versos inúteis,
Quem me dera encontrar-me como coisa que eu fizesse,
E não ficasse sempre defronte da Tabacaria de defronte,
Calcando aos pés a consciência de estar existindo,
Como um tapete em que um bêbado tropeça
Ou um capacho que os ciganos roubaram e não valia nada.

Mas o Dono da Tabacaria chegou à porta e ficou à porta.
Olho-o com o deconforto da cabeça mal voltada
E com o desconforto da alma mal-entendendo.
Ele morrerá e eu morrerei.
Ele deixará a tabuleta, eu deixarei os versos.
A certa altura morrerá a tabuleta também, os versos também.
Depois de certa altura morrerá a rua onde esteve a tabuleta,

E a língua em que foram escritos os versos.
Morrerá depois o planeta girante em que tudo isto se deu.
Em outros satélites de outros sistemas qualquer coisa como gente
Continuará fazendo coisas como versos e vivendo por baixo de coisas como tabuletas,
Sempre uma coisa defronte da outra,
Sempre uma coisa tão inútil como a outra,
Sempre o impossível tão estúpido como o real,
Sempre o mistério do fundo tão certo como o sono de mistério da superfície,
Sempre isto ou sempre outra coisa ou nem uma coisa nem outra.

Mas um homem entrou na Tabacaria (para comprar tabaco?)
E a realidade plausível cai de repente em cima de mim.
Semiergo-me enérgico, convencido, humano,
E vou tencionar escrever estes versos em que digo o contrário.

Acendo um cigarro ao pensar em escrevê-los
E saboreio no cigarro a libertação de todos os pensamentos.
Sigo o fumo como uma rota própria,
E gozo, num momento sensitivo e competente,
A libertação de todas as especulações
E a consciência de que a metafísica é uma consequência de estar mal disposto.

Depois deito-me para trás na cadeira
E continuo fumando.
Enquanto o Destino mo conceder, continuarei fumando.

(Se eu casasse com a filha da minha lavadeira
Talvez fosse feliz.)
Visto isto, levanto-me da cadeira. Vou à janela.
O homem saiu da Tabacaria (metendo troco na algibeira das calças?).
Ah, conheço-o; é o Esteves sem metafísica.
(O Dono da Tabacaria chegou à porta.)
Como por um instinto divino o Esteves voltou-se e viu-me.
Acenou-me adeus, gritei-lhe Adeus ó Esteves!, e o universo
Reconstruiu-se-me sem ideal nem esperança, e o Dono da Tabacaria sorriu.



Álvaro de Campos, 15-1-1928.





FERNANDO PESSOA (PORTUGAL, 1888-1935)